El 1 de agosto de 1944, hace exactamente 82 años, la joven de 15 años abrió su diario de tapas rojas y blancas y escribió lo que sería su última nota. Se dirigió a “Kitty”, esa amiga imaginaria que se había convertido en su única confidente durante los dos años que permaneció oculta junto a su familia en “La casa de atrás”, el refugio construido en las instalaciones de la empresa de su padre en Ámsterdam. Tres días después, el 4 de agosto, fueron descubiertos y arrestados por la Gestapo; solo su padre, Otto Frank, sobreviviría a los campos de exterminio y recuperaría sus escritos.
Annelies Marie Frank había nacido el 12 de junio de 1929 en Frankfurt, Alemania. Al llegar al poder Adolf Hitler y desatarse las primeras manifestaciones antisemitas, la familia decidió huir hacia Holanda, donde Otto montó una filial de su negocio dedicado a materias primas para alimentos. En mayo de 1940, los nazis invadieron el país y comenzaron a aplicar las mismas medidas discriminatorias: los judíos perdieron sus derechos y fueron obligados a usar la estrella de David en su ropa. Cuando su hermana mayor, Margot, recibió una citación para ser deportada a un campo de trabajo, la familia activó el plan de esconderse en el sector trasero del edificio de la empresa, un pequeño espacio de unos cincuenta metros cuadrados al que se accedía por una puerta oculta detrás de una estantería. Allí se sumaron otras cuatro personas, y durante dos años vivieron sin salir, en silencio y con la luz apagada por las noches, protegidos por tres empleados de confianza que arriesgaron sus vidas para llevarles comida y noticias.
Poco antes de cumplir los trece años, Ana pidió como regalo ese diario especial que había visto en una librería. Desde el primer día comenzó a escribir todo lo que vivía y sentía: el paso de la niñez a la adolescencia, sus miedos, sus dudas, sus ideales y sus reflexiones sobre la condición de la mujer y la naturaleza humana. “Es un milagro que no abandone todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón”, escribió en una de sus páginas. También dejó constancia de sus primeras experiencias y charlas con Peter van Pels, uno de los refugiados que compartía el escondite, y de su deseo de ser escritora: “Cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado ‘La casa de atrás’; aún está por ver si resulta. Pero mi diario podrá servir de base”.

En su última entrada, Ana reflexionó sobre su propia personalidad, sintiendo que mostraba al mundo solo una parte de sí misma: “¿Verdad que nadie conoce el lado bonito de Ana, y que por eso a muchos no les caigo bien?”, se preguntó. Escribió sobre cómo sentía que su interior más puro quedaba oculto detrás de su actitud alegre y a veces desafiante, y expresó su deseo de ser ella misma libremente.
Tras la captura, todos fueron trasladados primero al campo de Westerbork y luego a Auschwitz. Margot y Ana fueron enviadas después a Bergen-Belsen, donde ambas murieron de tifus poco antes de la liberación. Otto Frank encontró y preservó los cuadernos, cumpliendo el deseo de su hija al publicar el diario, que hoy ha sido traducido a más de setenta idiomas y se mantiene como un testimonio vivo de esperanza y humanidad en medio del horror nazi. El lugar donde se escondieron es hoy un museo, y aquel regalo de cumpleaños sigue siendo el legado de una chica que eligió escribir para no asfixiarse, y para seguir soñando con un mundo mejor.
















