Hoy termina una Copa del Mundo, quizás también una era, pero hay algo que ningún reloj puede marcar, ningún árbitro puede decretar y ningún resultado puede cambiar. El privilegio de haber sido contemporáneos de Lionel Andrés Messi Cuccittini.
Hay generaciones que recuerdan guerras. Otras recuerdan revoluciones. Nosotros podremos decir, con una sonrisa que nadie nos quitará jamás, que nos tocó vivir el tiempo de Messi. Y, créanme, eso ya es una victoria para toda la vida. Gracias por coincidir con nosotros, Lionel.
Hay personas que no necesitan que las conozcamos para cambiar nuestras vidas. Lionel Messi es una de ellas.
Mientras escribo estas líneas faltan apenas unas horas para que Argentina juegue una nueva final del mundo. Quizás sea una más para la historia del fútbol, pero en el fondo, la nostalgia ya empieza a abrumarme. Hay despedidas que uno puede anticipar, preparar, aceptar con el paso del tiempo. Pero hay otras que, por más anunciadas que estén, encuentran al corazón completamente indefenso.
Y yo no estoy preparado. Espero que ustedes sí.
No estoy preparado para aceptar que estamos llegando al final de una historia que nos acompañó durante más de 20 años. Los periodistas solemos creer que encontramos las palabras para explicar todo. Vivimos contando historias ajenas. Buscando el título justo. La frase precisa, pero Messi siempre fue demasiado grande para cualquier palabra.
¿Cómo se escribe sobre alguien que convirtió lo imposible en una rutina? ¿Cómo se explica lo que sentimos cada vez que agarra la pelota y, por un instante, el tiempo parece detenerse? ¿Cómo se resume todo lo que hizo este tipo por más de 40 millones de desconocidos?
Yo no elegí admirarlo. Simplemente tuve la suerte de vivir al mismo tiempo que él. Lo vimos llorar. Lo vimos levantarse. Lo vimos cargar sobre los hombros un país entero cuando todavía había quienes dudaban de su grandeza. Y lo vimos responder de la única manera que conocen los elegidos: jugando. Y eso, con el paso de los años, entendí que era un privilegio.
Lo vimos debutar siendo un chico. Lo vimos hacer cosas que nadie había hecho. Lo vimos soportar críticas que hubieran quebrado a cualquiera. Lo vimos perder finales que nos dejaron el alma hecha pedazos. También lo vimos llorar. Y confieso algo, munca me dolieron tanto las derrotas por las copas que se escapaban. Me dolían porque él sufría, porque había un hombre dispuesto a entregar todo por un país que muchas veces no supo abrazarlo cuando más lo necesitaba.
Hasta que un día todo cambió. En realidad cambiamos nosotros. Aprendimos a disfrutarlo antes de exigirle. A agradecer antes que reclamar. A entender que no todos los días nace un futbolista capaz de hacer felices a millones de personas con una pelota.
Entonces pasó todo lo que indudablemente iba a pasar: el Maracaná, Wembley, Qatar y tantas otras noches que ya forman parte de nuestra memoria colectiva. Eso que nosotros llamamos “actos de justicia”. Por eso esta final tiene un sabor distinto. Porque 10 años atrás, en este mismo escenario, parecía haber tocado el fondo, parecia ya no tener fuerzas para seguir, pero siguió. Qué poco lo entendíamos.
Gracias por cada gambeta que nos hizo ilusionar. Gracias por cada abrazo con desconocidos después de un gol. Gracias por haber unido a un país que tantas veces encontró más motivos para dividirse que para celebrar. Gracias por enseñarnos que se puede caer, volver a levantarse y terminar escribiendo la historia más hermosa.
Y gracias, sobre todo, por habernos recordado que el talento, cuando va de la mano de la humildad, se convierte en algo eterno.
Dentro de algunos años, cuando alguien me pregunte cuál fue el mejor futbolista que vi, no voy a responder con estadísticas, le voy a contar cómo se sentía.
Le voy a decir que, durante más de dos décadas, cada vez que Lionel Messi tocaba la pelota, teníamos la sensación de que cualquier cosa podía pasar. Y casi siempre pasaba.
Hoy termina una Copa del Mundo, quizás también una era, pero hay algo que ningún reloj puede marcar, ningún árbitro puede decretar y ningún resultado puede cambiar. El privilegio de haber sido contemporáneos de Lionel Andrés Messi Cuccittini.
Hay generaciones que recuerdan guerras. Otras recuerdan revoluciones. Nosotros podremos decir, con una sonrisa que nadie nos quitará jamás, que nos tocó vivir el tiempo de Messi. Y, créanme, eso ya es una victoria para toda la vida. Gracias por coincidir con nosotros, Lionel.
Daniel Alfredo Coronel – Diario Grande
















