Un 7 de septiembre de 1996, la música tropical argentina sufrió un hito trágico cuando un camión embistió al colectivo que trasladaba a Miriam Alejandra Bianchi, inmortalizada en el entorno artístico bajo el seudónimo de Gilda. El siniestro vial, registrado en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 dentro del territorio de Entre Ríos, provocó el deceso inmediato de la intérprete de 34 años. En el mismo choque perdieron la vida su hija Mariel, de apenas 10 años, su madre Tita, su tía, tres de los músicos que la acompañaban en sus presentaciones y el conductor del transporte. Aquella colisión interrumpió abruptamente una trayectoria artística que atravesaba su punto más alto, al tiempo que dio inicio a una devoción popular que mantendría su figura vigente a través de las décadas.
Antes de subir a los escenarios y consolidarse como una figura relevante de la cumbia, la vida de la artista transcurría en una rutina distante del ambiente del espectáculo. Bajo el nombre de la “Seño Miriam”, ejerció la docencia como maestra jardinera y profesora de educación física en el barrio porteño de Devoto. Sin embargo, el impulso por concretar su vocación musical terminó imponiéndose por sobre las expectativas familiares y la estabilidad de un matrimonio convencional. Fue en 1992 cuando tomó la decisión de dar un giro a su vida al contestar a un anuncio clasificado en el que solicitaban cantantes. En ese contexto conoció al compositor y productor Toti Giménez, quien reconoció los rasgos distintivos de su voz y su perfil particular para la escena tropical.

El desembarco de Gilda en la cumbia se produjo en un ecosistema dominado por referentes masculinos y estéticas predominantemente agresivas. Frente a ese panorama, la cantante apostó a la consolidación de una identidad propia basada en letras de su autoría sobre el amor y el desamor, acompañadas por un tono de voz suave y una interacción cercana con el público. Aunque la recepción no fue inmediata, la respuesta popular terminó cobrando una dimensión masiva. A lo largo de cuatro años de labor profesional, la artista publicó cuatro producciones discográficas de estudio: De corazón a corazón, La única, Pasito a pasito y Corazón valiente. Canciones como “Fuiste” y “No me arrepiento de este amor” se instalaron de manera transversal en distintos estratos sociales y comenzaron a sonar más allá de las fronteras argentinas, alcanzando difusión en mercados como Bolivia, Perú y Uruguay.
La fatalidad sorprendió a la cantante en el momento de mayor demanda laboral y proyección de su carrera. En el propio escenario del accidente, entre los restos del vehículo, se recuperó un cassette que conservaba la maqueta de la canción “No es mi despedida”, un registro que adquirió un carácter simbólico tras el desenlace. Casi de forma inmediata, el punto geográfico del choque en la provincia de Entre Ríos mutó en un predio de peregrinación y tributo. Los seguidores de la artista comenzaron a atribuirle hechos de sanación y favores milagrosos, algunos de los cuales ya circulaban en vida de la cantante, convirtiendo el lugar en un santuario popular donde hasta hoy se preserva el colectivo accidentado rodeado de rosarios, placas y ofrendas.
Con el paso de los años, el fenómeno en torno a su figura trascendió los márgenes de la cumbia para instalarse en diversos ámbitos de la cultura masiva. Tras su deceso, se concretó la publicación del material póstumo Entre el cielo y la tierra, al tiempo que sus canciones fueron reinterpretadas por agrupaciones de rock como Attaque 77 y Los Charros, así como por exponentes del pop y la música urbana. En el campo audiovisual, el vigésimo aniversario de su muerte motivó en 2016 el estreno de la película biográfica Gilda, no me arrepiento de este amor, con la actuación protagónica de Natalia Oreiro, mientras que otros proyectos de ficción para televisión no llegaron a concretarse debido a inconvenientes de producción y cesión de derechos. A tres décadas del hecho que terminó con su vida, la presencia de la cantante se mantiene activa en celebraciones familiares, adaptaciones para cánticos en estadios de fútbol y en la memoria colectiva que aún encuentra consuelo en su repertorio.
















