Tenía apenas 17 años la noche del 4 al 5 de junio de 1968 cuando Robert Kennedy, senador y candidato presidencial, fue asesinado en la cocina del Hotel Ambassador de Los Ángeles. Juan Romero, camarero del establecimiento, fue quien le dio la mano por última vez antes de los disparos, y esa imagen inmortalizada en una fotografía lo convirtió en testigo directo de uno de los crímenes que conmovieron al mundo. Durante medio siglo, creyó que aquel gesto sencillo había sido la causa de la muerte del político y arrastró esa culpa hasta su fallecimiento el 1 de octubre de 2018, a los 68 años.
Nacido en Mazatán, Sonora, Juan Romero llegó a Estados Unidos con su familia a los 10 años y se instaló en Los Ángeles. Su padre consiguió trabajo en el Hotel Ambassador y lo ayudó a ingresar primero como lavaplatos y luego como camarero. Admiraba a Robert Kennedy por su defensa de los derechos de los inmigrantes y de la comunidad hispana. Para conocerlo, cambió todas sus propinas de un día con un compañero a cambio de poder llevarle el servicio a la habitación del candidato. Allí, el senador lo saludó con calidez y lo trató como a un igual, un recuerdo que lo acompañó toda la vida.

Tras ganar las primarias de California, Robert Kennedy se dirigía a su habitación por una ruta alternativa cuando Juan Romero lo esperó en la cocina para saludarlo nuevamente. Le estrechó la mano y, en ese instante, se escucharon los disparos de Sirhan Bishara Sirhan. El joven se arrodilló junto al caído, le sostuvo la cabeza y le puso un rosario en la mano. Robert Kennedy alcanzó a preguntar si todos estaban bien y falleció 26 horas después. Desde entonces, Juan Romero pensó que si no le hubiera dado la mano, el destino habría sido distinto. Esa convicción lo persiguió durante décadas: se fue de la ciudad, rehízo su vida en otro estado y evitó mirar las fotografías del suceso.
Años después, al revisar las imágenes junto al periodista Steve López, comprendió que lo que hizo fue ayudar a alguien que lo necesitaba. Visitó la tumba de Robert Kennedy en el Cementerio de Arlington y comenzó a hablar de lo ocurrido para sanar. En el cincuenta aniversario del crimen, compartió su experiencia públicamente. Tras su muerte, Maria Shriver Kennedy resumió su legado: “Ojalá haya comprendido que hizo algo muy humano en un momento trágico”. Juan Romero no fue responsable de la muerte de nadie, pero su historia muestra cómo un instante puede marcar una existencia entera y cómo, al final, la comprensión llega para dar paz.
















